«Tengo recuerdos desde muy pronto», afirma el novelista Lorenzo Silva. No es para ponerlo en duda, pues nos habla del verano de 1969, cuando tenía tan sólo tres años y vivía «en la felicidad absoluta de los niños». Silva pasó aquel verano en Cala del Moral (Málaga) con sus padres, tíos, abuelos y cinco primos con edades entre los ocho años y los dos de la única niña, Isabel, la que le acompaña en la fotografía.
La familia pasó esas vacaciones en una casa baja alquilada por sus abuelos (o «casa mata», que dirían los malagueños). «Antes era un lugar casi virgen, no había tantos bloques de apartamentos como los que vemos hoy en Torremolinos», explica Silva. Como la familia de su padre era de Málaga, la provincia se convirtió en el destino tradicional de vacaciones.
Por aquella época, según recuerda, «había muchas menos cosas en las tiendas, menos mobiliario urbano y carteles, conservábamos los cubos y las palas de un año para otro... Era un mundo más desprovisto». Sin embargo, eso no les impedía divertirse, pues si de algo puede presumir el ganador del premio Nadal es de crear ficciones. «Inventaba permanentemente desde que empecé a hablar a los dos años. Las historias han suplido la falta de juguetes», afirma el escritor madrileño.
Algunas de esas historias versaban sobre los soldaditos, originando «gamberradas históricas», según califica Silva entre risas a las batallas inventadas que enfrentaban a españoles y japoneses o a las tropas de Napoleón contra los indios americanos. Jugar a los soldaditos era una de las formas de pasar el tiempo que más practicaba con sus primos: «Los comprábamos en unos sobres que vendían en el quiosco y montábamos luchas de horas y horas».
Sin embargo, la principal razón de discusión entre primos no era perder, sino el instinto de supervivencia: «Viajábamos en un coche «cuatro latas» y en la parte de atrás nos apiñábamos todos los pequeños sin ningún sistema de seguridad. Por eso había peleas para sentarnos junto a la ventanilla». Lorenzo Silva apunta que, paradójicamente, en la instantánea que se ve arriba él y su prima Isabel observan una chancla apaciblemente, cuando por lo general se llevaban «a matar».
El escritor asegura que el mes de agosto es el peor de Málaga porque hace mucho calor y «queman hasta las piedras». Pero era cuando su padre, militar, obtenía el permiso y la familia podía escaparse de veraneo. La solución para refrescarse consistía para Silva en darse un chapuzón: «Para un niño de tierra adentro el mar era gratificante». Eso sí, había que tener cuidado con el salto térmico, pues el agua estaba muy fría y había que bañarse con la digestión hecha.
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